Notice: Undefined index: diario_lector_id in /var/www/diarios_v2/index.php on line 303 El de terror, género arraigado en el cine mexicano - Noticia - - Diario Cine - Especiales
El miedo, esa primigenia emoción humana fue la que posibilitó que el proceso conocido como evolución fuera operado sin ningún contratiempo. Desde hace millones de años, nuestra especie ha utilizado este prodigioso mecanismo y sentido para comprender el mundo, sus riesgos y amenazas, al grado de que la adaptación que propició esta emoción, permitió que la selección natural se aplicara y la prueba es que “sólo el más apto” prevaleció. Más tarde, cuando nuestra especie fundó civilizaciones y la razón hizo que la humanidad floreciera en excepcionales muestra de ingenio, capacidad intelectual y espíritu, el miedo nos continuó acompañando y reflejándose en muchos de los quehaceres del hombre. Las artes se impregnaron de este sentido y hay demasiados ejemplos como para enumerarlos, así que sólo nos vamos a referir en estas líneas, al hecho de que esta “inquietante compañía”, este “oscuro pasajero”, inoculó con su presencia una de las expresiones artísticas más recientes del hombre contemporáneo y particularmente nos referiremos a su indeleble presencia en la llamada “pantalla de plata” y en su constitución como una temática o género de ésta (sólo para la anécdota, hay que recordar que desde su primera función pública, el miedo hizo víctimas a esos primeros espectadores, cuando en uno de los primeros ejercicios de los hermanos franceses, en aquella lejana noche decembrina de 1895, hizo su aparición una inmensa locomotora que parecía que embestía al público asistente, lo que provocó un auténtico momento de absoluto terror en la mente y los corazones de esos pioneros de la cinefilia). Es el miedo, en su acepción de horror una de las materias de las que se ha valido el séptimo arte, con resultados que van de lo más virtuoso y complejo a lo más pedestre y simplón, que ha encauzado a una inmensa legión de cinéfilos que gustan de experimentar emociones fuertes, que les provean de la incendiaria adrenalina, hormona que magnifica y potencia las características física, incluida la sexual que en su variante de erotismo igualmente ha intensificado la experiencia de vivir el terror grabado en el celuloide. De estas características y de otras muchas, que han provocado intensos e inquietantes híbridos se ha valido este género a través de su historia y perfeccionamiento en los anales de todas las cinematografías. En el particular caso de la cinematografía nacional, el género se avecindó cuando el incipiente arte todavía no se convertía en industria, con ingenuos ejemplos de los que haremos memoria en este espacio, además de que después de una ausencia casi total de las pantallas por diferentes motivos, volvió con una fuerza inusitada a aparecerse en la segunda mitad de la década de los años 50 en donde por fin, se convirtió en una categoría visitada y revisitada por un público que a fuerza de presenciar los ejemplos extranjeros de este estilo, deseaban intensamente que el cine doméstico incorporara el concepto a ejercicios que hicieran gala de los mismos signos e ideas que sus símiles extranjeros, lo cual se cumplió con creces en las películas manufacturadas con escasos recursos económicos, mínimos presupuestos, pero eso sí, con mucho corazón e imaginación. En estas líneas exploraremos las más emblemáticas obras de este dominio y recordaremos a sus autores, artistas que con su “morboso” empeño, han apuntalado en la memoria de muchos individuos, sobrecogedores momentos que han contribuido para bien o para mal, a crear eso que se ha llamado “educación sentimental”.
El fabuloso invento de los hermanos Lumière arribó a nuestro país el 6 de agosto de 1896, de la mano de un par de visionarios y entusiastas promotores llamados Claude Ferdinand Bon Bernard y Grabriel Veyre (1871-1936), quienes lo introdujeron al ánimo nacional despertando el interés publicitario y de proyección de imagen del presidente Porfirio Díaz.
Al incorporarse a la realidad y las circunstancias locales, el invento inició su largo camino en la búsqueda de identidad narrativa, y con el paso de los años varios esforzados artistas lo lograron, dotando al naciente espectáculo con claros y reconocidos conceptos extraídos de la idiosincrasia y las diferentes cosmogonías. Como se sabe, en esa época heroica el cine no tenía voz (1896-1931) y en ese luminoso silencio varios pioneros hicieron sus propuestas éticas, estéticas y técnicas.
Uno de los primeros ejemplos de los que se puede hablar, que utilizó elementos macabros, aunque su objetivo principal era hacer reír, fue el cortometraje titulado Aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart, obra de breves 23 minutos, filmada en el año de 1912 por los michoacanos Hermanos Alva (Salvador, Guillermo, Eduardo y Carlos), pieza en donde se desarrolla la historia del cómico teatral de la vida real, llamado Vicente Enhart, quien estelariza un ficticio pasaje de su vida cotidiana, en donde es obligado por su esposa llamada Alegría a visitar el sepulcro de su madre, ya que ha cumplido su primer aniversario luctuoso.
Es entonces que el simpático hombre cae en una especie de violento delirio, posiblemente porque la interfecta no era de todas sus simpatías en vida, y entonces comienza a exhumar la osamenta de su parienta política lanzando los huesos y el cráneo sin ton ni son, lo cual horroriza a su esposa, quien inmediatamente llama a las autoridades quienes detienen a su profanador cónyuge. Esta es una de las obras más visibles de aquella lejana época que juega con elementos macabros, que seguramente conmovió a más de uno con este siniestro y jocoso esparcimiento, cuyo fin era el de hacer reír.
Más tarde, en el año de 1919 se presentó un ejemplo más complejo de esta intención de levantar los cabellos de miedo. La obra de cerca de 25 minutos, se titulaba Don Juan Manuel, dirigida por Enrique Castilla, quien además fue protagonista principal, productor y guionista de esta cinta basada en una leyenda colonial, en donde además participaron los actores Rutila Arriola, Josefina Maldonado, Enrique Couto, Josefina Calvo, entre otros.
La trama narra las aventuras y desventuras de un hombre bien avenido materialmente que debe su riqueza a un pacto con el Diablo, quien después se arrepiente de su compromiso con el maligno y éste lo castiga haciéndolo que mate a gente cercana a él.
Arrepentido, el personaje hace acto de constricción, pero esto no alcanza para salvarlo de la condena a muerte por medio de la horca. La cinta fue estrenada hasta el mes de febrero de 1925, en el local remozado del antiguo Teatro Colón, que se convirtió en el Imperial Cinema, negocio cuyos dueños en una muestra de confianza hacia el ingenio y la calidad de los ejercicios cinematográficos locales de esos días, se empeñaron en estrenar sólo material producido en nuestro país.
La cinta tuvo una buena respuesta en taquilla y se convirtió en el primer antecedente formal de un género que tendría un desarrollo muy irregular en nuestra cinematografía, que se dedicó a explotar otros estilos que mostradamente eran más del agrado del respetable de aquellos lejanos días en donde el cine era un evento carente de sonido.
¡Aaaaaaayyyyyy!
El tiempo transcurrió e inevitablemente los caminos técnicos del espectáculo avanzaron por logros inimaginables. El sonido hizo acto de aparición en la pantalla de plata nacional con el advenimiento de la segunda versión de la novela de don Federico Gamboa, titulada Santa (1931), dirigida por Antonio Moreno.
A partir de entonces, el nuevo aditamento técnico fue enriquecido por efectivos diálogos que hicieron más complejas las escenas y las tramas, apoyadas, magnificadas y sublimadas por las notas de la naciente música que acompañaría a los discursos cinematográficos en su viaje por el tiempo.
El horror hizo su aparición en esta nueva época con el esfuerzo de dos realizadores que se convirtieron en pilares creativos de la incipiente industria. Es de esta forma que el académico rigor de Juan Bustillo Oro (1904-1988) conmovió a las audiencias, primero cuando presentó sus ejercicios fílmicos en donde aprovechaba el rigor estético, el pesimismo y el claroscuro del Expresionismo, para imprimirlo en el claustrofóbico ejercicio titulado Dos monjes, obra fechada en 1934 en donde participaron los actores Víctor Urruchúa, Carlos Villatoro, Magda Haller, en los papeles principales.
Alucinante drama fantástico que se desarrolla en el siglo XIX, en donde dos monacales sujetos son parte de un triángulo amoroso. El objeto de su amor fallece de manera trágica a manos de uno de ellos y ambos se recluyen en un monasterio para intentar expiar su culpa en donde se confiesan y dan la versión de los hechos desde su personal perspectiva que difiere notablemente. Pero este ingreso al sacro sitio se torna en un cruento enfrentamiento que desemboca en un intenso y fatal desenlace.
El supuesto horror nace de la sensación de angustia, lograda por la insoportable atmósfera de encierro y la depresiva influencia del manejo del recurso del claroscuro. En el cuidado y estricto uso de la escena, cuya composición fue basada en el rigor estético del estilo importado del cine alemán, además de que en las escenas violentas se utiliza una ágil edición que provoca estremecimiento por su efectividad narrativa. Al grado de que su paso por nuestro país, el simbólico artista surrealista francés André Breton realizó un inmejorable elogio para la cinta, cuando expresó que la misma era “un experimento audaz e insólito”.
Ese mismo año, el excepcional realizador escribió el guión de una cinta que dirigiría su colega Fernando de Fuentes (1894-1958); la obra se tituló El fantasma del convento, obra que recrea el pasaje sobrenatural de tres viajeros, un matrimonio y un amigo que se pierden en el campo. Al anochecer encuentran una lúgubre edificación que después se enteran es un convento.
En este sitio reciben alojamiento, y más tarde la infiel esposa seduce al amigo de su marido. Este siente una gran culpabilidad y repentinamente se ve asaltado por una visión de ultratumba, que después se entera que fue el fantasma de un fraile que murió en pecado mortal por seducir a una mujer muchos años atrás. El trío transcurre una pesadillesca noche y al día siguiente se enfrentan al hecho de que durmieron en un edificio abandonado y en ruinas, evidentemente habitado por visiones del más allá.
Esta efectiva obra fue protagonizada por los actores Enrique del Campo, Martha Roel y Carlos Villatoro, se estrenó en junio de 1934 en el cine Balmori y tuvo una semana de gran éxito. Pero a pesar de todo, la mencionada película se convirtió en un trabajo menor del insigne realizador dedicado a crear extraordinarias épicas históricas, pero que gracias a su efectivo desarrollo narrativo y técnico sentó las bases para que años más tarde surgieran películas con temas similares.